Roberto Santos
En política, la ambición no es pecado; el problema se hace evidente cuando el apetito por los cargos es mayor que el trabajo realizado para merecerlos.
Jacinto González Varona parece dispuesto a comprobarlo: después de ocupar la dirigencia estatal de Morena, anuncia que dejará ese puesto para buscar la coordinación municipal de la transformación en Chilpancingo, una posición que eventualmente podría conducirlo a la candidatura por la alcaldía.
Nada hay de malo en registrarse. Las reglas deben ser iguales para todos y Jacinto tiene derecho a competir.
Lo que puede ser cuestionable, es la oportunidad política de su movimiento y la distancia entre sus aspiraciones y el arraigo social que necesita para gobernar una ciudad.
Todos saben que una cosa es controlar la estructura de un partido y otra muy distinta contar con el respaldo de quienes viven los problemas cotidianos de la capital.
Su trayectoria muestra que ha sabido colocarse en espacios estratégicos de Morena: fue coordinador de organización, ocupó responsabilidades en la administración pública y llegó a la dirigencia estatal.
El problema es que el capital político acumulado en las oficinas partidistas no se convierte automáticamente en simpatía popular.
Porque puede tener acceso a las estructuras, conocer los mecanismos internos y pronunciar discursos en nombre de la transformación, pero eso no equivale a tener una relación sólida con la ciudadanía.
Jacinto ha hecho de la palabra una herramienta de posicionamiento, pero la política no se alimenta de saliva.
Los discursos, por encendidos que sean, sirven de poco cuando no están acompañados de gestión, presencia territorial y resultados que la gente pueda reconocer como propios.
Cualquier vecino de Chilpancingo puede preguntar: ¿qué obra social, qué organización ciudadana y qué vínculo cotidiano con los habitantes de Chilpancingo respaldan su aspiración? No es suficiente invocar al pueblo; Jacinto debe demostrar que ha caminado con él.
En Jacinto aparece una contradicción que merece recordarse. En abril pasado, sostuvo que Guerrero necesita políticos que conozcan sus problemas porque los han vivido y recorrido, no personajes que los imaginen desde una oficina.
Ahora que busca competir en la capital, esa exigencia debe aplicarse también a su persona.
Si el territorio es tan importante como él mismo ha dicho, tendrá que demostrar cuánto ha construido en Chilpancingo más allá de su posición como dirigente.
La vara que utiliza para medir a los demás también debe servir para medirse.
En las mediciones publicadas durante los últimos meses, Jesús Urióstegui García aparece entre los perfiles mejor posicionados de Morena para la alcaldía, acompañado por otros aspirantes que han comenzado a disputar el respaldo ciudadano.
Una encuesta de Arias Consultores, levantada el 5 de agosto, colocó a Urióstegui con 31.1 por ciento, frente a 15.2 por ciento de Héctor Suárez Basurto.
Son fotografías de un momento, no sentencias definitivas, pero muestran que la competencia tiene nombres con posicionamiento propio.
Ante esto, Jacinto tendrá que demostrar que cuenta con algo más que la estructura partidista.
Jacinto González Verona parece jugar precisamente ese juego de tiempos y posiciones. Primero, la dirigencia; ahora, la coordinación municipal.
Pero en Chilpancingo hay aspirantes que llevan tiempo buscando posicionarse y que tendrán argumentos para reclamar que el trabajo territorial pesa más que la jerarquía partidista.
El riesgo para Jacinto es terminar como el perro de las dos tortas: dejar una posición que ya tiene para perseguir otra que todavía no consigue.
Si no logra la coordinación, habrá abandonado la dirigencia para quedarse sin ninguna de las dos; y si la obtiene sin haber construido arraigo, comenzará una carrera cuesta arriba para convencer a una ciudadanía que no vota solamente por credenciales partidistas.
Morena necesita seleccionar a quien pueda ganar la confianza de Chilpancingo, no a quien mejor sepa aprovechar los tiempos internos.
Una cosa es ser dirigente y otra tener liderazgo social. Lo primero se obtiene mediante una estructura; lo segundo se construye en la calle, escuchando, resolviendo y dando la cara cuando no hay cámaras ni elecciones a la vista.
Al final, Jacinto tendrá que responder una pregunta que ningún discurso puede esquivar: ¿quiere gobernar Chilpancingo porque ha construido una relación con su gente o porque la coyuntura le abrió una nueva puerta?
Si la respuesta no se encuentra en el trabajo realizado, las ambiciones podrán llevarlo de registro en registro, pero no necesariamente hasta la alcaldía.
