Roberto Santos
Quienes conocen la historia saben que hay ejércitos que pelean por una bandera, otros por una causa y algunos, más modestos, por la nómina.
En política ocurre algo semejante: hay militantes, hay convencidos y hay quienes descubren su vocación democrática cuando aparece una candidatura que puede resultar conveniente.
Por eso resulta curioso observar la tropa priista que se ha incorporado al proyecto de Estela Damián dentro del proceso interno de Morena.
Esta tropa participa, combate y hacen campaña, pero con una condición: si su candidata no consigue la victoria, ellos pueden regresar tranquilamente a sus cuarteles tricolores.
No es precisamente el espíritu de cuerpo. En el lenguaje militar, el espíritu de cuerpo es esa conciencia de pertenencia que hace que un soldado se identifique con su unidad, comparta sus valores y permanezca junto a ella incluso cuando la batalla se pone difícil. No se cambia de uniforme porque el combate vaya mal.
Hoy son guinda; mañana pueden volver a ser tricolores, y pasado mañana quién sabe. La ideología es un camaleón de acuerdo a la oportunidad.
¿Traición? ¿Oportunismo? ¿Pragmatismo político? ¿Simple supervivencia?
Tal vez un poco de todo. Porque una cosa es que antiguos priistas se incorporen a Morena y otra muy distinta es que mantengan un pie en el PRI mientras utilizan el otro para avanzar dentro de este movimiento.
Hay quienes cambiaron de partido porque encontraron una nueva convicción política y hay quienes, simplemente, cambiaron de trinchera porque el campo de batalla les pareció más prometedor.
Un militante puede cambiar de partido y obtener una identidad política nueva. Un oportunista cambia de partido y conserva intacta su vieja identidad, esperando que el nuevo uniforme le quede mejor.
Por eso tampoco resulta convincente el argumento de que Morena se benefició de los priistas que llegaron a sus filas.
Sí, Morena recibió cuadros, experiencia, relaciones y operadores provenientes de otros partidos. Eso es un hecho. Pero una cosa es la incorporación al movimiento y otra la simulación de pertenencia.
Muchos de los que llegaron de otras fuerzas políticas terminaron haciendo suyo el discurso de Morena.
Algunos incluso lo defienden con una devoción que habría sorprendido a sus antiguos compañeros de partido.
Se incorporaron, echaron raíces y asumieron una nueva identidad política.
Pero en este caso la pregunta sigue flotando: ¿estamos frente a morenistas que alguna vez fueron priistas o frente a priistas que temporalmente encontraron alojamiento en Morena?
Ahí está el verdadero dilema. Porque si esta fuerza política solamente participa en una batalla interna y, derrotada Estela Damián, recoge sus pertrechos para regresar al PRI, entonces no estamos ante una incorporación política. Estamos ante una alianza circunstancial.
En términos militares, sería como llevar tropas de refuerzo a una batalla sin intención de incorporarlas definitivamente al ejército que las recibe. Pelean mientras existe un objetivo común y después regresan a su antiguo cuartel.
Pero si esta estructura existe para intentar llevar a Estela a la candidatura interna de Morena, ¿qué ocurrirá cuando termine la batalla y ella no consiga la coordinación que busca, como seguramente así va a ser?
¿Despedirá a sus soldados de ocasión? ¿ O intentará llevarse la tropa completa a otra batalla, quizá en otro partido?
Los expertos saben que perder una elección interna no necesariamente significa retirarse del campo de batalla.
Sería ingenuo pensar que si Estela Damián no consigue su objetivo dentro de Morena, simplemente desaparecerá del mapa político.
Mucho menos cuando alrededor suyo existe un grupo de operadores que tampoco parece dispuesto a dejar las armas políticas.
Ahí está la paradoja. Si realmente son morenistas, permanecerán en Morena aunque su candidata pierda.
Si son priistas apoyando temporalmente a Estela, volverán al PRI si la aventura no produce resultados.
Y si Estela decide llevarlos consigo a otra fuerza política, entonces quedará demostrado que aquella batalla nunca fue exclusivamente por Morena, sino por encontrar el lugar desde donde seguir disputando el poder.
En política, como en la guerra, hay tropas regulares, aliados circunstanciales y mercenarios.
La diferencia es que el mercenario militar cobra por combatir y no necesariamente comparte la causa.
En política, el equivalente no siempre recibe dinero; a veces recibe posiciones, candidaturas, influencia, acceso o simplemente la posibilidad de conservarse cerca del poder.
No sabemos cuál sea la motivación concreta de estos grupos. Afirmar que existe un pago económico sin pruebas sería irresponsable. Pero sí puede observarse algo más sencillo: su compromiso parece estar condicionado al resultado de la batalla.
Y el verdadero espíritu de cuerpo aparece cuando el general pierde la batalla. Ahí se descubre quién llevaba la camiseta y quién solamente llevaba el uniforme.
Quizá por eso la verdadera prueba para este grupo será ver qué hacen cuando Estela pierda, de acuerdo a las mediciones existentes.
Y es que cualquiera puede marchar alegremente con la tropa cuando cree que va a tomar la plaza.
Lo difícil será quedarse con el general cuando ya no queda plaza que tomar.
En los partidos políticos y en los ejércitos, es después de la derrota cuando se descubre quién tenía espíritu de cuerpo y quién solamente actuaba como mercenario de la política.
