• mié. Oct 21st, 2026

ZONA CERO || Acapulco también necesita ingenieros, no solamente políticos

Roberto Santos

Acapulco tiene muchos problemas que no se van a resolver con discursos, ocurrencias ni inauguraciones de obras que después terminan convertidas en otro dolor de cabeza.

Lo que hace falta es planeación, tanto en la obra pública como en la administración municipal, y la disposición de escuchar a quienes conocen la ciudad, han estudiado sus problemas y tienen propuestas para sacarla adelante.

Por eso vale la pena detenerse en el trabajo que realiza el ingeniero Julio Santos García, quien presentó ante integrantes de la Coalición de Asociaciones Turísticas del Estado de Guerrero, encabezada por David Abarca Rodríguez, una serie de proyectos para modernizar el puerto y ampliar su oferta turística.

No se trata de que una sola persona tenga todas las respuestas, sino de entender que Acapulco necesita aprovechar el conocimiento de sus profesionistas, especialistas y ciudadanos.

El futuro de una ciudad no debería quedar exclusivamente en manos de los políticos, sobre todo cuando sus prioridades pueden estar más relacionadas con la siguiente elección, las disputas partidistas o la conservación del poder que con resolver los problemas cotidianos de la población.

Las propuestas de Julio Santos parten de asuntos concretos.

Reordenar la circulación vehicular en puntos conflictivos, mejorar la iluminación de edificios y fachadas, impulsar un Museo del Mar, recuperar rutas turísticas en las zonas rurales y suburbanas, y modernizar los accesos y la infraestructura de La Quebrada son ideas que merecen pasar de la presentación a la discusión técnica.

Cada una requiere estudios, presupuestos, evaluaciones de viabilidad y coordinación entre autoridades, empresarios y sociedad civil.

Pero precisamente de eso se trata la planeación: de analizar qué necesita la ciudad, cuánto costará, cómo se financiará y qué beneficios tendrá para sus habitantes antes de comenzar a gastar el dinero público.

Acapulco arrastra demasiados ejemplos de lo que ocurre cuando se construye sin una visión integral.

Una obra puede lucir bien en la fotografía oficial y, sin embargo, resultar insuficiente, generar nuevos problemas de movilidad o deteriorarse antes de tiempo.

No basta con pavimentar, colocar luminarias o rehabilitar una avenida. Hay que saber cómo se conecta esa intervención con el resto de la ciudad y si responde a una necesidad real.

El problema tampoco es solamente turístico.

Acapulco tiene heridas acumuladas, una identidad que sobrevive a sus crisis y una relación complicada con sus gobiernos.

La inseguridad, los servicios públicos deficientes, el deterioro urbano y la lenta recuperación económica forman parte de una misma realidad.

Pretender resolverla únicamente con promoción turística es como pintar la fachada de una casa sin reparar las tuberías ni revisar los cimientos.

Por eso, las propuestas de diversificar los atractivos, rescatar rutas históricas y gastronómicas, fortalecer La Quebrada y organizar una agenda anual de eventos y congresos merecen atención. Incrementar la pernocta de los visitantes no depende solamente de que lleguen más turistas, sino de ofrecerles motivos para quedarse, recorrer otros lugares, consumir productos locales y regresar.

La iniciativa privada tiene una responsabilidad importante, pero no puede sustituir al gobierno.

Corresponde a las autoridades municipales, estatales y federales establecer prioridades, garantizar servicios, facilitar inversiones y construir una estrategia que no cambie de rumbo cada tres años.

Los empresarios pueden aportar experiencia y recursos; los especialistas, conocimiento técnico; y la ciudadanía, la perspectiva de quienes viven diariamente las consecuencias de las decisiones públicas.

Lo que hace falta es que esas piezas trabajen juntas. Y que los gobiernos tengan la humildad de reconocer que no siempre las mejores ideas nacen dentro de una oficina pública ni pertenecen a quien ocupa un cargo.

Julio Santos García es uno de los profesionistas que están poniendo propuestas sobre la mesa, y debe ser escuchado.

Porque además es quien ha impulsado estrategias preventivas ante los huracanes, insistiendo en la instalación de radares especiales en Guerrero, y ha creado una aplicación para que quien quiera pueda dar seguimiento al desarrollo de las tormentas tropicales.

Lo razonable sería que las autoridades revisaran sus propuestas, solicitaran los estudios correspondientes y determinaran cuáles pueden convertirse en proyectos ejecutivos.

Escucharlo significa abrir la puerta a una evaluación seria, con criterios técnicos y resultados medibles.

Sabemos que en muchas ocasiones los problemas no se resuelven por criterios políticos mal entendidos; es decir, las propuestas se rechazan por no venir de un aliado político, o cuando una obra se impone porque alguien necesita presumir resultados antes de que termine su administración.

En esas circunstancias, la ciudad queda atrapada entre los intereses de quienes gobiernan y las necesidades de quienes la habitan.

Acapulco necesita una visión de largo plazo, un programa integral de desarrollo urbano y turístico, proyectos que trasciendan los periodos de gobierno y una administración capaz de convertir las ideas en resultados.

Necesita profesionales que participen, empresarios que inviertan, ciudadanos que vigilen y políticos dispuestos a hacer su parte sin pretender ser los únicos protagonistas.

Al final, la ciudad no se recuperará por la cantidad de discursos que se pronuncien sobre ella, sino por la calidad de las decisiones que se tomen.

Acapulco no necesita que todos sus profesionistas se conviertan en políticos.

Necesita que sus políticos aprendan a escuchar a los profesionistas y que estos profesionistas estén en puestos claves para ser escuchados debidamente.

Es momento de entender que Acapulco no debe seguir viéndose como un escalón para ganar la próxima elección, sino para que las siguientes generaciones puedan vivir mejor en ella.

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