“El anticristo caníbal somos todos”
Por Evelin Gómez
כי רמאים רבים יצאו לעולם,אלו שאינם מודים כי ישוע המשיח בא בבשר ודם. זהו הרמאי והאנטיכריסט
ki rame’im ravim yetz’u le’ulam, alu sh’inam mudim ki yeshua hamesich ba bebesher vedam. zeu harmai vehaantichrist!
En hebreo, inglés o español, el significado es el mismo. En la Biblia, en la segunda carta de Juan, versículo 7, se advierte de manera tajante que muchos engañadores han salido al mundo: aquellos que no confiesan que Jesucristo vino en carne. Ellos son los verdaderos engañadores, son el anticristo.
El tema es controversial, pero nos confronta con la realidad y nos exige pensar en el actuar individual y colectivo como parte de un todo.
Imaginémonos por un momento qué pasaría si al salir a la calle nos encontráramos a Jesús encarnado. ¿Qué pasaría si Dios decidiera, en pleno siglo XXI, enviar de nueva cuenta a la Tierra a su hijo?
El internet colapsaría.
El mundo entraría en caos porque la pantalla y la realidad nos demuestran que nuestros propios ojos se niegan a ver. Mientras el planeta camina hacia su decadencia, se aceleran la tecnología y el egoísmo de un hombre que, con certeza, crucificaría a Jesús de nuevo y por las mismas razones.
Es fácil imaginar que la historia se repetiría, solo que esta vez la cruz estaría hecha de carne, sangre, medios de comunicación e influencers. Porque esa es nuestra carga diaria.
En 1888, Friedrich Nietzsche redactó El Anticristo —obra publicada finalmente en 1895—, donde se planteaba si es lícito definir al ser corrompido como aquel que elige lo que le es desventajoso. De ser así, concluía el filósofo, el hombre representa la corrupción esencial.
Ese es el punto: el ser humano como encarnación de la corrupción esencial. La sociedad actual recrea estereotipos y comportamientos dañinos, disfrazándolos de corrección bajo la premisa de que “es lo normal” y, por lo tanto, lo aceptable.
Llevado al contexto actual, el panorama nos arroja preguntas inevitables:
¿Es correcto que Estados Unidos busque retener a cualquier costo la hegemonía que usurpó mediante masacres desde su surgimiento como nación?
No hay que ir tan lejos. Si hablamos de los males de mi país y de mi estado, Guerrero, se mata un día sí y al otro también. En Acapulco ejecutan a dos personas diariamente.
Y cuando de sufrimiento se trata, los campesinos llevan grabada en la espalda, en el corazón y en la mente la lucha por la tierra, la justicia y la igualdad. Pero cuando el campesino se manifiesta, la sociedad lo tacha de criminal, de vividor del gobierno, de problemático del campo sin educación.
En cambio, si un legislador hace fiesta en San Lázaro y se va “de licencia” a un reality show (como pasó en México), todo se tolera porque importa el rating, no los muertos diarios del país. Y si son misóginos, la gente los vuelve presidentes.
Mientras tanto, la mayoría les aplaude, les canta, les baila y los cubre con cadenas de flores como si ellos fueran los pilares que sostienen la tierra.
¿Por qué no mejor aplaudimos al médico que lucha todos los días por salvar y cuidar a sus pacientes, aun sin los insumos básicos? ¿Por qué no mejor reconocemos a los maestros que se convierten en el único refugio de los alumnos que sufren violencia en sus hogares?
La humanidad está enferma de humanidad. Nos hemos convertido en el Gólem del que hablaba Borges: criaturas sin capacidad de análisis, desprovistas de razón, sumidas en un egoísmo de “yoyólogos” expertos en ponerse a sí mismos en primer, segundo y tercer lugar.
La sociedad del siglo XXI pasó de la idea teológica del anticristo a encarnar al anticristo caníbal de la tierra: ese que persuade, exige obediencia, se impone, anhela dominio y le dice a la masa lo que quiere escuchar; ese que exige sacrificios que jamás está dispuesto a asumir y necesita desesperadamente un enemigo, ensañándose con los débiles mientras rinde pleitesía a los poderosos.
Recordemos que Tlajtoli kipiya chikawalistli: la lengua tiene poder. Tiene el poder de mostrar los hechos como son, para evitar que nuestros hijos nos repitan la advertencia del Principito al zorro: que veía humanos, pero no humanidad.
No seamos el anticristo caníbal que devora todo a su paso porque, como advirtió Dostoyevski: “En el duelo entre Dios y el diablo, el corazón humano es el campo de batalla”.
Y querido lector: la batalla ya comenzó.
