Miguel Ángel Santos
Cuando la diputada Citlali Calixto Jiménez habla de que la juventud debe asumir el papel que le corresponde en la transformación de Acapulco, no solamente está hablando de jóvenes.
Está hablando de relevo, de espacios de poder y de una generación que empieza a reclamar su lugar en la política.
Y eso ocurre justo cuando Morena enfrenta uno de sus mayores desafíos: demostrar que puede construir candidaturas competitivas sin recurrir a la improvisación que caracterizó algunos de sus primeros procesos.
Cuando Morena comenzó a ganar elecciones, la ola electoral permitió que prácticamente cualquier personaje con la camiseta guinda pudiera competir con posibilidades reales.
Hubo desconocidos, improvisados, políticos sin preparación y personajes que llegaron al cargo cargando cuestionamientos que después terminaron confirmándose o simplemente desaparecieron del escenario una vez que concluyó su encargo.
La realidad de hoy es diferente. Morena ya no puede asumir que el electorado votará automáticamente por cualquier candidato que lleve sus siglas.
La marca sigue teniendo peso, pero la sociedad también está aprendiendo a distinguir entre un movimiento y quienes pretenden utilizarlo como vehículo para llegar al poder.
Lo cierto es que el poder desgasta, y si hay quienes no cumplieron lo que se prometió al principio, es normal que el desgaste sea mayor.
Por eso el discurso de la joven diputada resulta disruptivo dentro de la propia lógica del partido guinda.
Ella habla de escuchar, dialogar y cumplir. Y agrega que la juventud debe tener fe y disciplina, porque no hay sueño o proyecto que no sea alcanzable mientras la brújula sea el bienestar del pueblo.
Si a eso le sumamos preparación, responsabilidad, honestidad y relevo generacional, implica cuestionar aquella etapa de las tómbolas donde el azar terminó colocando en espacios de representación a personajes cuya principal virtud parecía ser haber tenido suerte.
Ese modelo difícilmente puede sostenerse en una elección donde Morena ya no tiene asegurado el famoso carro completo.
La competencia será otra. Y el elector también. Ahora tendrá que decidir entre candidatos, trayectorias, resultados y capacidades.
Y ahí es donde los partidos tendrán que demostrar que aprendieron algo de los errores que han venido cometiendo.
Citlali parece entenderlo. Su mensaje de que las mejores enseñanzas las da el territorio significa que la política no se construye solamente desde el Congreso ni desde las estructuras partidistas; se construye caminando, escuchando y entendiendo lo que ocurre en las colonias y comunidades.
Pero hay algo más. Existe la demanda de dejar atrás la polarización y promover la unidad, algo que está tocando probablemente una de las mayores demandas de la sociedad.
Después de años de confrontación política, muchos ciudadanos ya no quieren políticos que pasen todo el tiempo diciéndoles contra quién deben estar.
Mas bien, demandan resultados. Y quizá esa sea la verdadera oportunidad para una nueva generación: entender que gobernar no significa mantener permanentemente dividida a la sociedad para conservar una base política.
El reto para una nueva generación de políticos será demostrar que es posible una forma distinta de hacer política y no quede solamente en un buen mensaje para las redes sociales.
Porque si realmente se promueve un relevo generacional, tendrá que ser algo más que cambiar rostros viejos por rostros jóvenes.
Tendrá que cambiar la manera de entender el poder. Es entendible que cuando una generación deja de esperar que le den permiso y empieza a empujar por ocupar un lugar, significa que algo en la sociedad se está moviendo con mucha fortaleza.
