David Martínez Téllez
Analista político, comunicólogo y académico UAGro
Varios y diferentes 10 números aparecieron en la pantalla del celular. Evado contestar por posible extorsión. Inseguridad. Timbró y vibró el teléfono, como si tuviera frío. Minutero señalaba el dígito 8; manecilla corta casi coincidía.
Nunca repitió numeración originaria. Si son dos o tres marcaciones del mismo origen, alguien sabe el destinatario. En esta ocasión, no.
Por lo general, a esta hora, preparo mentalmente la narración de contenido del vídeo diario. Reviso aplicaciones y escribo títulos, bosquejo desarrollo discursivo. En pantalla anoto datos relevantes.
Insistió el sonido gutural que produce acercamiento vibratorio del cel con vidrio que cubre escritorio.
Tres o cuatro veces. No están registrados. Fluyen.
Desciendo a la cocina. Frente y sobre el fregadero preparo café, porque ahí se encuentra el único enchufe. Tres cucharadas soperas de coralillo combinando con planchuela para 300 mililitros de agua. Hierve cafetera en cuestión de minutos.
Baño vaquero. Mezcla de agua y jabón en cuello, rostro y sobacos.
Planchó camisa. El pantalón estuvo colgado en gancho.
Aplico fuego a sartén y a una exquisita turbulencia con restos de comida conservada fría de días anteriores, aderezada con un par de huevos revueltos. Acompaño con salsa de jitomates y chiles verdes tatemados y pizca de sal apretujados en molcajete. A falta de tortilla, pan.
Los pasos saben, destino al trabajo. Repica celular. Número miope, lo veo y no sé quién es.
Al arribar al centro laboral, aplasto posaderas en la primera silla al paso. Reviso carnet de citas del ISSSTE. Objetivo: Reconfirmar hora de cita del oftalmólogo. Recordaba que estaba consignada para después de la una de la tarde. Estaba tan seguro del horario que había planeado llevar a cabo otras actividades durante la mañana. Ufanaba previsión.
Abrí carnet y con mayor esmero revisé letra caligráfica: 13/10/2026. Miré columna: consultorio 15. Ahora la hora: 8.00. Presentaba un desfase de hora y media. Consideré asistir tarde o abandonar el propósito. Tomé en cuenta el tiempo transcurrido de consulta con médico general y ahora con el especialista. Transcurrieron 3 meses. Voy.
Heme aquí en la sala de espera. Veo a 15 personas. 4 pacientes. Con atrevimiento toco con nudillos puerta de consultorio para preguntar a enfermera si me atenderá especialista o vería a médico familiar para iniciar travesía. Familiar de paciente me indica esperar a que salga asistente. Una columna de unos 80 centímetros me impide observar el momento en que se abra la puerta. Me quedo parado a medio metro de la puerta del consultorio. 10 minutos y rechinan bisagras. Sale mujer regordeta vestida de blanco. Me acerco para vocear mi, literal, retraso. ¡Que todos se enteren! Respuesta: Sin alterarse, “espéreme tantito” y cerró la puerta. Al minuto abrió mampara y vociferó un apellido. Al instante, dos personas que estaban sentadas en bancas metálicas se incorporaron; acto seguido, introdujeron sus humanidades al consultorio. Percibí que sus ojos me buscaban y la mirada me localizó. Por favor, dijo, ¿cómo se llama? Le di dos palabras para que, supongo, las recordara.
Transcurrió media hora y tres personas: enfermera, paciente y acompañante, a quien no había notado; era casi invidente, porque se acomodó a mi lado siempre dependiendo de instrucciones de quien lo asistía. Creo su hija.
La enfermera aprovechó la cercanía para deslizarme la alentadora frase: “Ya lo apunté en la lista”. Pensé: No importa ser el último. Subrayo: nunca me solicitó el carnet. Y allí estuve otras dos horas. Media hora antes de que me atendiera el especialista, llegó un hombre de unos 40 años con expediente en mano. Sólo pedía una interpretación de los resultados. Se colocó en la banca detrás de mi, por lo que veo, me confirmó, usted es el último. Viré cabeza con asomo de tortícolis y agregué: “Eso parece”.
De repente aparecieron 5 personas: dos pacientes y sus familiares. La que llegó primero, sin más, tocó la puerta con firmeza; abrió el especialista y permitió que se introdujera un paciente. 3 minutos y se retiraron tres personas. Los otros impacientes que esperaban cerca de la puerta trataron de meterse al cubículo; la enfermera les indicó que esperaran su turno.
Escuché dos palabras; provenían del facultativo, las que le había recetado a la enfermera. Como gallo de pelea en estado lastimoso, me levanté tan trompicadamente que casi tiro el celular. Como si me hubiera echado unos mezcales.
Tardé unos 20 minutos en preguntas, lampareadas y visualizaciones del tablón con números y letras.
Salí con receta en mano y otro papel para que me realicen otro estudio muy especializado.
Dirigí ánimo, cuerpo y alma a la farmacia. Firmé de recibido donde indica entrega de fármaco. El otro papel es para el estudio científico, el cual se entrega en el área de archivo para fecha de ejecución.
Tómala. Me exigieron último talón de cheque y documento de Hacienda donde informe registro federal de contribuyente con homoclave. Le contrargumenté a quien informaba de los “requisitos” que el documento oficial del ISSSTE que presentaba es el carnet. Ahí me apuntaban citas y ciudades de atención especializada (Zapata, Cuernavaca, Ciudad de México, Acapulco o Chilpancingo), que era la primera vez que me solicitaban el último talón de cheque y documento de Hacienda. Y eso, le reitere, aplaza horas o días el seguimiento para resolver el padecimiento. Se limitó a: “Son nuevas indicaciones”. Me retiré refunfuñando entre dientes.
Una amiga también estaba incorporando a su mamá a los beneficios hospitalarios del ISSSTE. Llevaba un expediente choncho. La traían en vueltas. En cada cita le exigían un documento diferente.
Cansada y hastiada, al llegar con el personal de atención al derechohabiente, le dijeron que le hacía falta otro documento. Respuesta: llanto. Le temblaban dedos y manos. Impotencia. Les dijo: “Acabo de venir la semana pasada, me dieron una lista de todos los documentos y ya los entregué; me faltaba el de certificación de dependencia económica expedido por Ayuntamiento (papel que tarda una semana). Ahora me piden otro, decía entre lágrimas y sollozos. Argumentó que su madre se encuentra delicada de salud y carece de recursos para llevarla a otro nosocomio. Hace uso de su derecho porque le quitan quincenalmente descuento de seguro de salud del ISSSTE. Y es injusto que ahora le pidan otro documento.
La contestación fue: “Le vamos a ayudar para dar de alta a su mamá, solo porque dice que se encuentra en estado delicado”. Y comenzó a entregar diversos papeles; traía hasta la cartilla de vacunación de la mamá, de ella y del esposo. Por si acaso me dijo, ya más relajada.
