David Martínez Téllez
Analista político, comunicólogo y académico UAGro
Lo peculiar de cientos de universitarios guerrerenses es su perspicacia política.
Entienden, muchos de ellos, que política es que los tomen en cuenta para obtener beneficios, principalmente en espacios administrativos alrededor de Rectoría.
Como docentes, se adhieren a agrupaciones que hacen política para simular que han adquirido conocimientos y que son investigadores. El arma desplegada para deslumbrar a otros que hacen política universitaria es su capacidad oratoria. Rollo le decían hace dos o tres décadas.
Relato dos momentos históricos para argumentar porque escribo que muchos universitarios guerrerenses sostienen su presencia en el quehacer político.
Hubo un personaje que llegó a ser rector (representante de la institución académica) con título de Normal Superior y, otro, de profesor de primaria.
Quienes lograron ingresar a su sala atestiguan que ven el documento de cuero (así se entregaba) donde dice: “La Universidad Autónoma de Guerrero expide el título a (nombre del estudiante) por haber… (etc.) y al calce firma la homonimia”.
Existe otra anécdota de quien pretendió ser rector. Para ese tiempo, el requisito era presentar grado de maestría. Salto cuántico.
Le solicitaron título. Lo presentó. En aquel estadio todavía no había internet; no se pudo revisar la información en profesiones. Se dio por válido. No ganó.
Meses después, por dichos del mismo personaje, contaba que no podía registrar su maestría porque le faltaba entregar el de licenciatura.
El discurso político es para persuadir, engañar. Con estos dos eventos relatados, la perorata se transforma de palabra en hechos. O, en otras palabras, se carece de formación académica sólida, pero se patentiza la oratoria para suplirla.
Quien se forma políticamente, como se hace en la universidad guerrerense, busca el poder. Y este se consigue con quien cree que va a ganar.
Quien firmó su propia titulación a nivel licenciatura retuvo en dos ocasiones la rectoría. En este lapso se consolidó y muchos universitarios decían en voz alta que pertenecían a la organización de la homonimia.
Lo mismo sucedió con el wencismo. Hoy se ve lo mismo con el saldañismo.
