Roberto Santos
En el mundo de la política podemos atestiguar campañas que avanzan sumando voluntades. Otras parecen empeñadas en coleccionar deslindes.
Ese comienza a ser el sello del proyecto político de Estela Damián en Guerrero.
Y llama la atención porque, lejos de ayudarla, su estrategia de comunicación parece estar llevándola a cometer errores que terminan desgastando su imagen antes de que arranque formalmente la competencia por 2027.
El primer deslinde fue con su propio tío, Pioquinto Damián Huato. Un personaje con décadas de trayectoria política y social en Guerrero, que hoy no solo aparece cercano a la senadora con licencia Bety Mojica, sino que además ha expresado públicamente que ve en ella mayores posibilidades políticas que en su propia sobrina.
Que una diferencia familiar termine convertida en un episodio político nunca es buena noticia para quien busca construir un proyecto de unidad.
Después vino Yoshio Ávila.
Estela decidió marcar distancia al afirmar que ella no puede garantizar candidaturas y que decirle a alguien lo que quiere escuchar sería engañarlo.
La respuesta fue inmediata: Yoshio aseguró que jamás le pidió una candidatura, que nunca condicionó su apoyo y que su trabajo político obedeció a una convicción personal.
Al final, más allá de quién tenga la razón, lo que quedó fue otro rompimiento público.
Y cuando aun no se apaga esa polémica, comenzó a circular una supuesta fotografías de Estela Damián abriendo la puerta de una camioneta Suburban, al parecer blindada, que utilizaría para acudir a sus asambleas.
Quizá exista una justificación por razones de seguridad. Nadie puede ignorar la realidad que vive Guerrero. Pero en política las imágenes hablan por sí solas, y esa fotografía difícilmente comunica cercanía con la ciudadanía.
La suma de estos episodios empieza a dibujar un estilo de hacer política que podría convertirse en un problema para su propia aspiración.
Y es que un liderazgo no se fortalece cada vez que rompe con alguien. Se fortalece cuando sabe administrar las diferencias sin convertirlas en pleitos públicos.
Quienes hoy la asesoran deberían entender que una candidatura no solo se construye con espectaculares, recorridos o asambleas. También se construye con inteligencia política, prudencia y capacidad para conservar aliados.
Hasta ahora, la narrativa parece ser otra: primero fue el tío, después Yoshio… ¿quién sigue?
En política hay una máxima que rara vez falla: los adversarios ya hacen suficiente trabajo; no hace falta fabricar nuevos enemigos desde el propio equipo.
Al final, las campañas se ganan sumando, no tachando nombres de la libreta. Y si los deslindes se convierten en la principal noticia de un proyecto político, quizá el problema no esté en quienes se alejan, sino en la estrategia de quien los deja ir.
