Roberto Santos
La sorpresiva convocatoria de Andrés Manuel López Obrador para recolectar donaciones “en favor del pueblo cubano” vuelve a exhibir la confusión —o la conveniencia ideológica— con la que insiste en mirar la realidad de la isla.
En su narrativa presenta al presidente
Donald Trump como el responsable de la supuesta destrucción de Cuba.
Aunque en realidad, lo que está en juego es el debilitamiento y la debacle de una dictadura que durante décadas ha administrado la pobreza, la censura y el miedo.
Hoy, ya no basta la represión, porque los problemas de Cuba está más allá de la capacidad de la nomenclatura política-policiaca para sostener los hilos del control de la población.
Las manifestaciones cada vez más numerosas debido a el hambre, vislumbran una presión cada vez mayor sobre la estabilidad política.
Y por supuesto, no es el embargo ni la presión externa lo que ha llevado al pueblo cubano a la desesperanza: es un sistema político que convirtió la revolución en un privilegio para una élite millonaria y corrupta y en una condena a la miseria para millones de personas, quienes carecen de luz eléctrica, agua y comida.
Paradójicamente, el gesto de “ayuda” de López Obrador termina evidenciando la distorsión con la que ciertos liderazgos latinoamericanos siguen confundiendo al régimen con el pueblo.
En Cuba la diferencia es cada vez más abismal: de un lado la nomenclatura cínica, enriquecida y blindada por el poder de las armas; del otro, una sociedad agotada por la escasez, la represión y el exilio.
Por eso, mientras algunos insisten absurdamente en salvar la narrativa de la revolución, para muchos cubanos comienza a asomarse algo mucho más valioso que cualquier colecta simbólica: la posibilidad de sacudirse por fin a una casta autoritaria que durante décadas monopolizó el futuro de toda una nación llevándola a la desesperanza.
