• vie. Mar 27th, 2026

Zona Cero/La violencia en las aulas

Roberto Santos

Hay preguntas que duelen porque no deberían existir, pero hoy son obligatorias: ¿por qué un joven es capaz de reaccionar con una violencia tan extrema? ¿En qué momento se rompió algo tan profundo que la vida dejó de tener valor dentro de un salón de clases?

Lo ocurrido en Michoacán es un evento trágico que abrió una herida que exhibe el estado emocional y social de un país que parece acostumbrarse al horror.

Cada caso exhibe una familia destrozada, una comunidad en duelo y una sensación creciente de que estamos perdiendo algo esencial, como es la capacidad de convivir sin destruirnos.

Y no, no es el caso de un solo joven. Se trata de un entorno que durante años ha ido normalizando la violencia.

Los jóvenes crecen viendo cómo el CO impone su ley, cómo la corrupción de las autoridades debilita a las instituciones y cómo muchas veces la justicia no llega.

El mensaje que reciben, aunque nadie se los diga directamente, es brutal: las reglas pueden romperse, la autoridad puede ignorarse, la vida puede perderse sin consecuencias.

Y en ese terreno, donde la ley se vuelve frágil, también se debilitan los límites internos. Sigmund Freud lo explicaba con claridad: la cultura es ese frágil acuerdo que nos obliga a contener nuestros impulsos, a renunciar a la violencia para poder vivir en sociedad.

Pero cuando ese acuerdo se rompe, cuando deja de existir, lo que emerge es lo más primitivo del ser humano.

En ese vacío, figuras que antes daban sentido —como la del maestro— pierden fuerza. Ya no son solo guías o autoridades, sino blancos vulnerables en un entorno donde el respeto se ha erosionado.

La agresión deja de pasar por el diálogo o la palabra, y estalla de forma directa, brutal, sin mediaciones.

Algo parecido retrata el libro “ El señor de las moscas: cuando desaparecen las reglas, cuando nadie sostiene el orden, lo que surge no es la cooperación, sino la lucha brutal por imponerse.

Y eso es lo que no quieren reconocer: que en algunas partes del país, esa ausencia de límites, de ley, es una realidad cotidiana.

Por eso, más que buscar explicaciones rápidas o culpables inmediatos, habría que detenernos a mirar lo que estamos dejando de construir como sociedad.

Familias rebasadas, escuelas sin herramientas suficientes para atender esta situación, autoridades cuestionadas, comunidades atravesadas por la violencia.

Todo eso va dejando a los jóvenes sin referentes claros, sin un lugar donde procesar su frustración, su enojo, su dolor.

Entonces, el otro deja de ser compañero, maestro o semejante, y se convierte en obstáculo, en enemigo, en algo que se puede destruir.

La violencia juvenil es resultado de un país que ha ido perdiendo poco a poco sus límites, su sentido de comunidad, su capacidad de cuidar la vida.

Y lo que es mas alarmante es que poco a poco deje de sorprendernos, de conmovernos al volverse paisaje cotidiano.

Es entonces cuando la ley y la esperanza verdaderamente comienzan a desvanecerse.

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