Por: Marbán Polo
Lo que todo gobierno teme ocurrió. A pesar de que la presidenta Claudia Sheinbaum insistía en que todo se trataba de “bots”, el sábado 15 de noviembre la generación Z, acompañada por ciudadanos de todas las edades —mujeres, hombres, jóvenes y niños—, llegó hasta las vallas metálicas que cubrían Palacio Nacional, alzando consignas contra la inseguridad que vive el país.
La marcha se salió de control cuando, ante la falta de capacidad de mando, policías comenzaron a replegar con gas lacrimógeno, golpes, machetes y agresiones que dejaron a varios jóvenes tirados en el suelo, ensangrentados. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y mostraron un México que difícilmente coincide con el discurso oficial: un país cansado de la violencia, de la falta de empleo, de la escasez de medicinas y de instituciones secuestradas por el crimen organizado.
Las vallas rentadas por el gobierno capitalino amanecieron pintadas con la leyenda “Narcoestado”, y sobre ellas ciudadanos colocaron fotografías de presuntos narcopolíticos de todos los partidos. El mensaje era claro: la marcha fue apartidista. De haber sido organizada por un partido, habrían ocultado a sus propios señalados, como hace con frecuencia el poder en turno.
Aun así, hoy algunos cuerpos policiales se dicen “revictimizados”, afirmando que hubo un centenar de elementos lesionados. Pero no cuentan a los jóvenes y ciudadanos golpeados, pateados y sometidos mientras ya estaban tirados en el piso.
Varios asistentes que grababan desde una distancia prudente fueron agredidos: granaderos les arrebataron celulares, los rompieron o se los robaron. Una violación absoluta de derechos humanos, como si los elementos se hubieran entrenado viendo Gladiador, pero con presupuesto de austeridad republicana.
La actuación policial demuestra que, pese a siete años de la llamada “transformación”, nada ha cambiado en los cuerpos de seguridad. Las mismas técnicas bárbaras, la misma brutalidad y la misma ausencia de protocolos. El manual de actuación policial —que obliga al uso mínimo de la fuerza— parece no existir para quienes hoy gobiernan, igual que para los de antes. El proceso, el procedimiento y la legalidad siguen siendo letra muerta.
Más preocupante aún es el silencio de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Su función de “promover y defender” brilla por su ausencia. La CNDH se ha convertido en una pesada piedra administrativa que estorba más de lo que sirve, presente solo en la nómina pero ausente en la defensa de la dignidad humana.
Claudia Sheinbaum Pardo fue, desde muy joven, participante activa en movimientos sociales: educación gratuita, feminismo, causas estudiantiles y memoria del 68. Con mayor razón sorprende que hoy, ya como presidenta, sea incapaz de impedir que la fuerza pública repita los métodos represivos de gobiernos anteriores.
La educación gratuita sigue siendo promesa más que realidad. El feminismo continúa exigiendo reconocimiento básico. Y las fuerzas policiales actúan con la misma mano dura de siempre.
En redes sociales ya se rumora la convocatoria de una nueva marcha de jóvenes de la generación Z y de otros sectores ciudadanos que solo desean caminar en paz por sus calles. Queda en el aire una pregunta inevitable: ¿cómo responderá la mandataria? ¿Con respeto a la protesta o con la estrategia militar que en 1968 ejecutó el general Marcelino García Barragán, abuelo del actual secretario de Seguridad?
La primera mujer presidenta de México no puede ignorar las voces que la critican ni seguir atribuyendo todo a complots digitales. Está obligada, por ley y por responsabilidad histórica, a atender los problemas que ahogan al país: inseguridad, desempleo, educación, salud, justicia, prevención del delito y atención a desplazados.
Porque no es lo mismo ver los toros desde la barrera que salir a torearlos.
Todo gobierno que se diga democrático debe entender que la manifestación de ideas y la libertad de expresión no son objeto de inquisición alguna. Callar voces no construye paz. Y México, hoy, necesita paz más que nunca.
Un país donde pedir tranquilidad se ha convertido en un acto de valentía no puede permitirse repetir las sombras del pasado.

